Datos recientes publicados por
la Comisión Económica de América
Latina (CEPAL) lo confirman: la dependencia
energética que en general tiene Centroamérica,
y en particular los altos precios del petróleo,
golpean fuertemente la balanza comercial de
la región, y amenazan con volver al fantasma
de la inflación. Se espera que para fines
de este año, el aumento de la factura
petrolera regional sea de 42%, respecto al año
pasado, llegando a la suma de 1,700 millones
de dólares.
El aumento del precio de petróleo
y derivados, que ha sido galopante desde el
verano de 2003, ha hecho que las importaciones
se vean aumentadas en un 51% para El Salvador,
50% para Guatemala, los países de mayor
industria tradicional en la región. Para
Costa Rica, ese aumento ha sido de 46%, en tanto
que Honduras y Nicaragua ese indicador ha sido
de 53 y 54% respectivamente.
Para los países centroamericanos,
el porcentaje de la factura petrolera como componente
del déficit de la cuenta corriente, subió
de 83% en 2004 a 118% en 2005. Esto ha reforzado
la gran vulnerabilidad económica externa
de la región, ha hecho contraer las demandas
efectivas de los consumidores, y contribuye
al empobrecimiento de amplias capas poblacionales.
Es cierto que en la región,
Guatemala, especialmente en la zona noroccidente,
la colindante con México, posee yacimientos
petroleros, pero el rendimiento de los mismos
no cubre la demanda interna. Algunos sectores
de investigación, han señalado
es especial desde los años setenta, que
tales reservas tendrían el carácter
de “estratégicas” en función
de los intereses de Washington. Se trata de
una conjetura que puede ser cierta, pero no
ha sido plenamente probada. Lo cierto es que
esa zona compartiría los mantos petroleros
de la Selva Lacandona, donde se asientan precisamente
los grupos indígenas que se han organizado
en el movimiento zapatista, en el estado mexicano
de Chiapas.
Ante un embate de precios de
esta naturaleza, los países centroamericanos
tienen que sacrificar otras líneas de
inversión, que podrían ampliar
la oferta de productos y servicios en los mercados
internos, y sobre todo para exportación.
La vulnerabilidad petrolera no sólo castiga
los rubros que se dejan desatendidos, sino que
enfatiza los gastos de “operación”
de las economías internas. De esa manera
se pierden oportunidades de expansión,
profundización y especialización
productiva, en particular ahora que las economías
subregionales deben adaptarse previa entrada
en vigor de los acuerdos de libre comercio que
se han firmado con Estados Unidos.
Otro de los efectos en las condiciones
internas de los mercados, es que con el aumento
del petróleo y la energía, automáticamente
ocurre un efecto en cadena, una repercusión
multiplicadora de precios en otros bienes.
Al encarecerse los combustibles
que constituyen el “flujo sanguíneo”
de las economías de los países,
los precios de los otros productos, en forma
generalizada tienden al alza, al repunte significativo.
Esto erosiona el ya decaído poder de
compra de muchos sectores que basan la satisfacción
de sus necesidades en los ingresos asalariados.
La tendencia es la de confirmar la condición
de margilidad y pobreza en al menos un 52% de
los centroamericanos, en tanto la clase media
ve como su nivel de vida se restringe, y se
ingresa en una secuencia de empobrecimiento
que se puede hacer imparable.
En estas condiciones, la región
se va haciendo terreno por demás fértil
para que retorne el fenómeno inflacionario.
Esta vez no por la irresponsable acción
de aumento a mansalva de la masa monetaria,
sino por causa de encarecimiento de los insumos.
Inflación por el lado de los costos.
Existen serios riesgos de retornar a un escenario
que se creía ya superado desde finales
de los años ochenta en la región.
Como ya se ha hecho costumbre,
la excepción hasta cierto punto es de
nuevo Costa Rica. Es claro que este país
no puede anular los efectos del aumento del
precio de combustibles, pero tiene otros recursos.
Desde 1948 eliminó el ejército,
lo que le supone un gran ahorro en las cuentas
nacionales, además y esto es dramáticamente
importante, ha transformado la naturaleza de
sus exportaciones. En lugar de café,
azúcar y bananos, ahora vende en el exterior,
computadoras.
Los precios de los combustibles
y su efecto “rebote” arrinconan
los presupuestos familiares de los centroamericanos.
La región va conformando condiciones
de calentamiento social, propicias para desenlaces
inesperados. Esto es particularmente evidente
en Nicaragua, donde la elección presidencial
para noviembre será influida decisivamente
por este fenómeno de encarecimiento general
del nivel de vida.