Cuando en octubre del año
2003, después de la grave crisis que
enfrentó el país, se hizo cargo
de la conducción del país el ex
Presidente Carlos D. Mesa, el equipo del Ministerio
de Gobierno, entonces encabezado por Alfonso
Ferrufino, constató que la Policía
Nacional había llegado a una situación
de crisis tal que su reforma era una tarea inaplazable
y que debía ser encarada de inmediato.
Para ese efecto se adoptaron
con carácter de urgencia algunas importantes
tareas previas: sensibilizar y concienciar a
la propia institución policial sobre
la necesidad de encarar una profunda reforma,
comprometiendo no sólo a las jerarquías
de mando, sino a todo el conjunto. Asimismo,
se debía generar un ambiente de confianza
entre la policía, el Gobierno y la autoridad
política que permitiera despejar el fantasma
de una “intervención” meramente
política, de modo que la reforma se entendiera
como un proceso integral de fortalecimiento
y modernización.
Contando con el decidido apoyo
del ex Presidente Mesa, mediante Resolución
Suprema se posesionó a la Comisión
Nacional de Reforma de la Policía, conformada
por un conjunto de notables personalidades profesionales,
políticas y policiales, destacándose
el concurso de dos ilustres ex vicepresidentes
de la República: don Luis Ossio Sanjinés
y don Víctor Hugo Cárdenas Conde.
Es justo y pertinente recalcar
el invalorable apoyo de la Delegación
Presidencial de Lucha contra la Corrupción,
dirigida por doña Lupe Cajías,
que se identificó plenamente con el proyecto
y apoyó de manera decidida el funcionamiento
y la conducción de los objetivos trazados
por dicha comisión.
La Comisión Nacional
de Reforma concluyó en que no era posible
encarar con seriedad y responsabilidad ninguna
reforma si no se contaba con el concurso decidido
de la propia institución. Por ello se
desarrollaron algunas acciones, como visitas
a varias reparticiones — departamentos,
oficinas especializadas o unidades de la policía—,
entre ellas algunas tan sensibles para la ciudadanía
boliviana cono la ex PTJ, el Tránsito,
Identificación Personal o Radio Patrullas;
y se determinó solicitar al PNUD la realización
de encuestas de opinión pública
y de opinión interna de la Policía
Nacional que permitieran una aproximación
más objetiva sobre el grado de conciencia
y compromiso de la institución con relación
a un cambio profundo.
El informe que nos presenta
el PNUD no puede entenderse sino como la urgente
e inaplazable necesidad de la reforma de nuestra
Policía Nacional, que, por supuesto,
no es una isla en el conjunto de la crisis estructural
por la que atraviesa el Estado boliviano. Por
el contrario, es en gran medida un espejo de
lo que ocurre en el país, donde urge
la construcción de un nuevo pacto social
a partir de superar un caduco sistema de relaciones
y mediaciones entre la ciudadanía y el
Estado. Este nuevo pacto debería complementar
de manera inclusiva la relación del ciudadano
con el sistema de protección jurídica
de la sociedad respecto al orden, al sometimiento
y la institucionalidad, así como a las
garantías y el bien jurídico,
particularmente la protección de la vida
y el respeto por los derechos humanos, que son
los valores más importantes que sustentan
el accionar de la policía en todo el
mundo
No se puede pasar por alto que
el trabajo del PNUD señala que casi el
97% de la ciudadanía boliviana y el 95%
de los propios policías encuestados creen
que es necesaria una reforma policial profunda.
Tampoco se puede soslayar el hecho de que la
policía esté estigmatizada por
corrupta e ineficiente. Pero más allá
de coincidir en el diagnóstico, lo importante
es saber qué vamos a reformar en la policía
y cómo debemos encarar esta tarea.
Soy un convencido de que una
exitosa reforma de la policía en democracia
no será posible sin contar con el concurso
de la propia institución. También
creo que la reforma debe implicar un concepto
de modernización y de fortalecimiento
institucional, antes que un concepto negativo
de eliminación o intervención
del sistema político.
Por experiencia propia puedo
sostener que ha hecho mucho daño a la
policía la gran influencia de los partidos
políticos en función de gobierno
en definir los ascensos y destinos, y que este
informe refleja de manera dramática.
Todos los niveles de la oficialidad me comentaron
que casi nunca en el pasado (antes del gobierno
de Carlos D. Mesa) el nombramiento del Comandante
General recaía en el oficial más
antiguo de la tanda o promoción, a pesar
de la prerrogativa constitucional del Presidente
de la República de nombrar a cualquier
oficial de la promoción correspondiente.
Se trataba en los hechos de un grotesco manoseo
político, que en la conformación
de los mandos policiales anteponía el
padrinazgo político al mérito
académico y profesional.
En suma, respetar la antigüedad
y el mérito es un factor de institucionalidad
en el manejo del personal policial. Cualquier
reforma que se decida encarar implica un gran
esfuerzo económico para el Estado y la
ciudadanía boliviana porque no se podrá
eliminar la corrupción en todos los niveles
policiales si no se mejoran los salarios y las
condiciones de trabajo, dotando de un equipamiento
mínimo y adecuado a todos los servicios
que presta la policía.
Creo que se debe atacar de manera
firme y diferente algunos servicios de la policía
que son los más estigmatizados de ser
corruptos —como las direcciones de Tránsito,
Identificación Personal y la ex PTJ—
por sistemas que cambien radicalmente la estructura
del servicio. Esto involucra una transformación
absoluta desde el manejo de los valores hasta
la optimización del servicio a la ciudadanía
para la obtención de sus documentos personales.
Las experiencias de casi todos
los países vecinos de incorporar empresas
privadas internacionales que administren algunos
de estos servicios, puede resultar una solución
óptima y sin costo alguno para el Estado.
Finalmente, creo que la oportunidad
histórica de la Asamblea Constituyente
a partir del 6 de agosto de 2006 puede convertirse
en un espacio adecuado para discutir con responsabilidad
la reforma de la Policía Nacional. En
este sentido, los documentos de diagnóstico
y las propuestas de reforma producidas por la
Comisión Nacional de Reforma y por otras
entidades deben ser documentos e instrumentos
de trabajo para ayudar a los asambleístas
en su tarea.